¿Qué es exactamente la ansiedad?

Físicamente es relativamente sencillo detectar nuestra propia ansiedad cuando percibimos un malestar interno. Si sentimos que nuestro corazón se acelera, que nos cuesta concentrarnos, que nuestra respiración se vuelve más rápida y superficial y, sobretodo, cuando mentalmente nos vemos atropellados por pensamientos perturbadores, todo ello son señales de que estamos experimentando ansiedad. Además, este malestar puede venir acompañado por una emoción que matiza el modo en que nos sentimos ansiosos. Esta emoción será rabia cuando el origen lo achaquemos a una frustración, miedo si es por una preocupación respecto al futuro o por un trauma del pasado que no hemos superado, o tristeza si procede de una pérdida no que aún no hemos podido procesar. También la vergüenza puede alterarnos intensamente desde nuestro miedo a hacer el ridículo. Y existe otro tipo de ansiedad en la que es simplemente nuestro cuerpo quien manifiesta los síntomas, sin que tengamos ninguna intuición de qué es aquello que los está provocando.

 

Luego tenemos el factor frecuencia. Hay quien siente esta ansiedad muy de vez en cuando y hay quien la siente cada día y en muchos momentos distintos como por ejemplo al despertarse por la mañana o antes de dormir, al llegar a casa después trabajar o justamente antes de salir para ir al trabajo, en los lugares abiertos donde hay mucha gente o en los lugares cerrados, ante espacios muy iluminados o muy oscuros, por la presencia de ciertas personas que no soportamos o cuando estamos por fin en presencia de alguien de confianza que sabemos que nos apoyará, etc.

 

Prácticamente todo el mundo en su vida ha experimentado más de una vez este sentimiento tan desagradable en mayor o menor grado. La gran pregunta es: ¿qué lo provoca?. A veces culpamos a un problema determinado o algo muy concreto, pero en la mayoría de ocasiones las raíces de este malestar no están tan claros como para atribuirlos a una sola causa. En líneas generales podemos decir que sentimos ansiedad como síntoma de nuestra desconfianza ante la vida. El mundo es un lugar demasiado grande comparado con nosotros, y por muy controladores y precavidos que seamos jamás estamos libres de la incertidumbre que nos supone estar vivos y rodeados de tanta gente y de tantas circunstancias. Se puede temer más a los hechos de fuera o más a las que puedan ser nuestras emociones internas. En verdad, lo que nos provoca más temor es que nos pase algo que nos descontrole tanto interiormente que no podamos soportarlo y nos muramos, nos volvamos locos o que quedemos atrapados en el deseo persistente de quitarnos la vida.

 

Además, todos sentimos cierta desconfianza porque a todos nos han ocurrido experiencias que nos han abrumado y nos han hecho sentirnos muy inseguros. Algunas de estas experiencias las habremos superado y madurando con el paso del tiempo si las pudimos expresar plenamente desde nuestro llanto, nuestro enojo o recibiendo consuelo. Pero un gran porcentaje de ellas todavía tienen presencia en nosotros como heridas abiertas, incluso a pesar de que hayan pasado muchos años desde que sucedieron. Son heridas emocionales que quedaron reprimidas porque en su momento no las pudimos expresar, quedando su energía contenida en nuestro cuerpo y nuestro inconsciente. A veces intentamos por todos los medios no recordarlas. Y también a veces hacemos todo lo posible por recordarlas y seguir hablando de ello si nos sentimos muy víctimas considerando que se nos debe algo por ello: un reconocimiento, una compensación o simple venganza.

 

Cuando estamos distraídos con nuestros proyectos, si tenemos alrededor gente que nos resulta interesante o si consumimos algún tipo de sustancia inhibidora de la ansiedad, evitamos conectar con este sentimiento de desconfianza que representa la resaca de nuestros dramas y tragedias. Pero hay momentos en que ni nuestras muchas formas de dispersarnos son suficientes, ni nuestro día a día es tan ilusionante o distractorio como para impedirnos percibir que hay algo dentro nuestro que no funciona. Lo que no funciona es que nos sentimos en peligro con el hecho de vivir, porque puede ser que nos muramos mañana mismo, que venga alguien y nos haga daño o se lo haga a un ser querido, que nos enfermemos o tengamos un accidente grave o que nos arruinemos y suframos de graves carencias. Nada es completamente seguro en la vida, y si a esto sumamos que nos han ocurrido anteriormente ciertas desgracias o tragedias de mayor o menor calado, se agravan nuestros temores de que se puedan repetir estas vivencias y que, incluso, nos pueda suceder algo mucho peor que lo que hemos sufrido hasta el momento.

 

De todo esto los animales están libres. Aquellos animales que viven en estado salvaje nada de lo que les haya podido pasar anteriormente les habrá dejado trauma, ni rencor, ni pena profunda. Ellos se encuentran siempre plenamente en su momento presente. No es que no tengan recuerdos del pasado, sino que su mente no es capaz de fantasear como la nuestra de que todo eso tan horrible ocurrido puede volver a suceder y que podría ser ahora mismo, mañana o dentro de cinco años. El conejo que consigue evitar un día que se lo coma un zorro no se traumatiza por ello, ni vive odiando al zorro por haber intentado comérselo. Y el macho cabrío que es rechazado por la hembra tampoco se queda frustrado más tiempo de lo necesario, sino que busca otra hembra o se dedica a otra cosa. Con todo esto se entiende mejor que nuestra desconfianza ante la vida nos la provoca precisamente esta herramienta que nos hace tan especiales a los seres humanos, nuestra propia "mente".

 

Analicemos los pros y los contras de la mente humana. Gracias a ella, de pensamiento podemos proyectarnos virtualmente hacia diferentes posibles futuros desde nuestra imaginación. Y también podemos fantasear cómo nos podría haber ido en la vida si aquel episodio que tanto nos dolió en el pasado no hubiera sucedido nunca, o si nos hubiera sucedido aquello otro que tanto deseábamos dejándonos con las ganas. Este poder tan excepcional que tiene nuestra especie de proyectarse hacia adelante y hacia atrás imaginativamente es el que nos ha permitido crear la civilización, la tecnología, la medicina, la cultura, el arte y un montón de cosas muy interesantes. Pero a la vez esta mente nuestra nos supone un gran problema, ya que es muy fácil que nos sintamos sobrepasados cuando comparamos la realidad con lo que nos hubiera gustado que nos pasara.

 

Comparar lo real con lo que podría ser o no ser se convierte en un handicap terrible si no somos capaces de anteponer lo real ante cualquier fantasía nuestra. Cuando le preguntas a la gente si prefiere una bonita fantasía o una dura realidad, una gran mayoría te dice que prefiere la fantasía, y de los que te contestan que la realidad casi todos en el fondo se están mintiendo así mismos. Simplemente se saben la teoría y por eso dicen que lo real, pero en verdad no lo sienten.

 

Por esta razón, aquello que nos hace tan especiales también nos vuelve muy desgraciados, porque acabamos peleados o resignados ante aquello que nos sucede contrario de lo que consideramos debería suceder. De aquí la causa de por qué nos quedamos atascados en experiencias emocionales desagradables mientras que a los animales esto no les pasa, y también por nuestra falta de permiso y nuestros miedos de conectar con nuestro dolor genuino para podernos expresar como necesitaríamos para sanarnos.

 

Por mucha capacidad de aceptación que tengamos, difícilmente podremos evitar que nos surjan de vez en cuando preguntas del estilo: "¿de verdad me tiene que pasar esto a mí y en este preciso momento?, ¿qué he hecho yo para merecerme esta situación?, ¿qué sentido tiene vivir en un mundo en el que en cualquier instante le puede suceder una gran desgracia a alguien a quien amo?". Estas grandes preguntas nos caen encima como un peso terrible aplastando nuestra vitalidad, nuestro bienestar interior y a veces incluso nuestras ganas de vivir y de seguir adelante. Hay personas que tienen mejores recursos que otras para gestionar todo esto emocionalmente, pero hasta la persona más espiritual y resiliente que exista, de vez en cuando se plantea: "¿de verdad es necesario que la vida tenga que ser tan difícil?".

 

Con lo dicho hasta ahora, parece que no valga la pena intentar hacer nada al respecto. Al fin y al cabo nuestra mente genera pensamientos de forma automática, y por muy zen que nos pongamos pasamos por muchos momentos en que cuestionamos el valor de aquello que nos está ocurriendo. Pero sí que vale la pena, es más, es lo que más vale la pena en la vida. ¿Acaso tenemos algo mejor que hacer que intentar ser lo más felices posible en cada etapa de nuestra existencia?. Cierto grado de ansiedad siempre va a estar presente en nuestro día a día pero, aparte de meditar, de hacer ejercicios de relajación o de leer muchos libros de autoayuda que pueden funcionar o no para ciertas personas, lo que sí podemos hacer es intentar que nuestro pasado nos condicione lo menos posible.

 

La posibilidad de morirnos siempre va a estar ahí, o el riesgo de perder el contacto y la relación con alguien que nos importa y a quien queremos mucho. También puede ser que nos enfermemos o qué nos ocurran otro tipo de situaciones que pueden llegar a ser peores. Pero aquellas personas que hayan podido sanar sus duelos por quienes hayan perdido, que hayan superado sus traumas respecto aquellos momentos de su vida en que pasaron mucho pánico, o que hayan aceptado sus frustraciones y soltado las expectativas que no pudieron cumplir, lo tendrán mucho más fácil para mantenerse optimistas y agradecer todo lo bueno que también les puede estar ocurriendo.

 

Las personas que han sufrido muchos duelos por muertes de seres queridos puede que tengan un irremediable deseo de morirse y de acompañarlas, o un respeto pleno por la vida y ganas de disfrutar de ésta hasta el último momento en el nombre también de quienes perdieron. Y aquellos que estén padeciendo muchas limitaciones físicas por una enfermedad o una discapacidad se sentirán los más desafortunados del mundo, o muy afortunados por ser capaces de seguir adelante aprovechando todo aquello que sí pueden hacer por sí mismos.

 

Pero sobretodo, si queremos ir más allá de nuestras penas y nuestras limitaciones reales o imaginadas, nos tocará trabajar con nuestro rencor. Esta emoción o sentimiento nos indica que nos estamos sintiendo víctima de algo o de alguien y que, de algún modo, estamos esperando un reconocimiento o una compensación como si se nos debiera algo por sufrir. También deberemos de sanarnos de nuestras culpas, y de aquello que hicimos o no hicimos en su momento y que consideremos que fue un error por nuestra parte. La frase mágica para ello es que "nuestro último error es siempre nuestro mejor maestro", ya que nos indica que es lo siguiente que nos tenemos que trabajar y mejorarnos para que no volvamos a repetir eso que hicimos o dejamos de hacer.

 

No te voy a engañar, sanar nuestro pasado nunca es fácil. Hay veces que lo experimentamos como muy liberador y otras muchas veces como un auténtico infierno. Pero, ¿tenemos algo mejor que hacer que intentarlo?. Tengo una mala noticia para ti, la ansiedad es para toda la vida porque continuamente nos van a ocurrir situaciones que nos van a costar digerir provocándonos desconfianza. Es el precio que tenemos que pagar por tener una mente tan poderosa. Pero también hay una buena noticia, y es que cuantos más aspectos de nuestro pasado sanemos, más libres nos sentiremos internamente y mayor capacidad tendremos de afrontar nuestro futuro creativamente y con optimismo.

 

La mejor manera de trabajarnos este pasado es realizando terapia con un profesional que nos acompañe y nos guíe desde la que sea también su experiencia personal de ir sanándose de sus propias heridas. Por esto no basta con un terapeuta que sepa mucho, que tenga muchos diplomas, que haya leído muchos libros o que sea muy inteligente y elocuente en sus comentarios. Por encima de todo eso, lo más importante es que el terapeuta que escojamos se haya trabajado profundamente a sí mismo, porque desde ahí nos podrá ayudar mejor a que superemos lo que por el momento creemos que es insuperable, y a que nos atrevamos a mirar un poco más allá de lo que nos estamos atreviendo en este momento de nuestra vida. Al final, tú decides lo que quieres hacer con tu pasado, si seguir condicionándote ante éste o ir a por ello para que tu propia mente se convierta en tu mejor aliada y deje de ser tu peor enemiga.

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